En el campo del vínculo con un otro y del amor es, cada vez más frecuente, el desencanto de la elección del objeto de amor (persona con la cual uno desea vincularse). He escuchado (y me incluyo) a muchas mujeres que, tras experiencias dolorosas con varones, expresan que lo mejor sería 'volverse lesbiana'.

Teniendo en cuenta que la orientación sexual va más allá de una decisión consciente, me pregunto: ¿Cómo deviene ese rechazo a vincularse con un varón? [tomo esto como ejemplo, ya que considero que esto puede observarse transversalmente en distintas configuraciones subjetivas y posiciones en torno al deseo o la sexualidad —por ejemplo, en fenómenos como el de los incels, aunque no se trate de una orientación sexual en sí].

Partiría en principio que es más fácil señalar al Otro como causa de las propias desdichas, que asumir responsabilidad de nuestro propio goce. Sin embargo, esto no excluye que la estructura social hegemónica también incida profundamente.

Lacan sostiene que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Eso implica que nuestro mundo interno (y nuestra identidad sexual) se constituye por la significación que el Otro (cultural, social, parental) nos impone y precede a nuestra propia subjetividad.

En otras palabras, jugamos en base a los límites predeterminados por el lenguaje y sus significantes, o sea por las estructuras sistemáticas y dominantes que giran alrededor del falo. Hablo de un sistema falocéntrico. Con esto quiero decir que, muchas sociedades (y aquí antepongo a la occidental) han construido sus normas, lenguajes y jerarquías colocando a lo masculino (y lo que se asocia a lo masculino) como centro del significado y valor.

Esto no incurre en que el "varón tenga el falo"- error frecuente- sino porque el significante fálico organiza el valor y la jerarquía de los roles y los discursos. El significante fálico representa el poder, el saber y la completud. Lo que se desea es ocupar ese lugar, tener el falo o serlo.

Este girar alrededor del falo implica alejarnos de nuestro deseo singular. Porque en lugar de escucharlo, lo encauzamos hacia las formas disponibles socialmente como roles, etiquetas e identidades. Esta es la alienación de la que hablaba Lacan.

Es por ello que considero urgente abrir espacios de diálogo sobre la relevancia del género y la identidad sexual en la estructura del orden social. La polarización creciente entre lo femenino y lo masculino es un síntoma y una defensa colectiva frente al vacío estructural del lazo (la no complementariedad: hombre-mujer, víctima-verdugo, etc.).

En este escenario, creo que también debemos interrogarnos sobre el goce que nos impide soltar el síntoma y actuar de otra manera. ¿No hay acaso un goce en la queja, en la víctima, en la denuncia? ¿no hay un goce incluso en ser objeto de un sistema que supuestamente rechazamos?

<aside> 💡

Este texto forma parte de un archivo personal de reflexiones sobre clínica, deseo y subjetividad. Puedes seguirme en Instagram: @registrosimbolico

</aside>