La ciencia moderna busca transformar el saber. A partir de la experimentación con lo ya conocido, usando el método científico, se genera nuevo conocimiento.
En las ciencias antiguas se postulaba que, para alcanzar cierto conocimiento, uno tendría que afrontar una transformación subjetiva; es decir, una exploración y reorganización de los esquemas de la verdad subjetiva de cada humano. En ese sentido, el saber estaba anexado a la verdad que cada uno tenía de sí mismo.
Por ejemplo, para transformar un metal feo en uno precioso, paralelo a la experimentación con sustancias, el alquimista tenía que atravesar una transformación interior, ‘purificando’ su propio ser hasta abrir un saber inseparable de la transformación subjetiva. De manera similar, aunque con diferente simbología, en el yoga la práctica no se reduce a posturas físicas, sino a una liberación de las limitaciones del yo (Moksha).
Estos sistemas de conocimiento antiguo destacaban la interrelación entre nuestra percepción del mundo y la realidad externa, generándose nuevo conocimiento en su exploración. En la alquimia, el estado máximo se denominaba coniunctio oppositorium, la unión entre las dualidades del ser: lo masculino y femenino, lo consciente e inconsciente, y lo espiritual y material. A su vez, el nombre yoga por sí mismo significa unión.
No obstante, el conocimiento y su acceso estaban mediados por entidades religiosas que pretendían dictaminar el marco absoluto del saber y la verdad (como si tal cosa pudiera existir). Para democratizar el conocimiento y destituirlo de la posición de Gran Otro, se hizo necesario un cambio de paradigma. Tras el Renacimiento y la revolución científica, la razón crítica y la medición empezaron a requerirse en la búsqueda de saber, lo que tuvo como consecuencia también la destitución de la verdad subjetiva en la producción del conocimiento; por ende, también de posturas que posicionaban la relación mente y cuerpo como eje en su metodología.
Ya desde hace un tiempo es común encontrarse con discursos que aborrecen metodologías que producen conocimiento de maneras no definidas por un método científico estricto. Pero, ¿realmente una es mejor que la otra? En definitiva, la ciencia moderna ha logrado excelentes avances en distintas disciplinas. Por ejemplo, en la medicina humana, la detección de enfermedades orgánicas ha sido de gran alcance para el bienestar común. Sin embargo, no podemos dar por hecho que el método científico nos ayude a comprender y hacer frente a cualquier tipo de fenómeno.
Uno de los problemas más grandes de descartar la verdad subjetiva de la organización del saber, es que nos limita la posibilidad de observar más allá de lo físicamente tangible u orgánico. Hay sintomatología propia de la fibromialgia o de la parálisis del guante en la que hace falta entender algo de la verdad particular de las personas para comprender su etiología ¿Qué puede hacer un médico frente a experiencias de dolor que no puede explicar de manera biomecánica?
Es más, esto no se reduce al campo de la medicina. En nuestra experiencia particular, ¿cuántas veces no hemos hecho cosas que contradicen, con todas sus letras, a nuestros propios ideales, objetivos o restricciones? ¿Qué hay con eso que se escapa de la consciencia o de lo que ‘queremos’? ¿Acaso la subjetividad humana no es lo suficientemente compleja para poder atribuir solo a causas biológicas nuestra manera de habitar el mundo? ¿Hasta que punto la misma biología no se condice con el contexto? Si hablamos también de explicaciones psicológicas, ¿realmente podemos separarlas de la experiencia particular de cada ser humano?
Es curioso cómo precisamente la revolución científica marcó un límite entre el conocimiento y el control de entidades religiosas que se posicionaban como Gran Otro. No obstante, al día de hoy, la ciencia moderna, entendiéndosela desde el discurso social, también representa ese marco inexorable e indestituible para una sociedad que no puede dejar de preguntarse por cuestiones relacionadas al ser bajo su lente, de modo que la concepción científica constituye casi la única explicación fehaciente de la realidad. Todo lo demás es minimizado o anexado al campo de lo irracional y el misticismo, siendo esto último además burlado y despreciado.
En ese sentido, la misma representación de la ciencia, en su veneración, pierde su valor crítico y empieza a funcionar como una ficción que garantiza la existencia de una verdad última. Su uso indiscriminado se vuelve una carrera infinita hacia un sentido de omnipotencia absoluta.
Pensaría que, así como hay cosas que la ciencia moderna ha podido lograr gracias a su metodología, hay cosas que no puede hacer. El psicoanálisis, por ejemplo, como praxis, permite el acceso al saber desde una transformación subjetiva en el que saber y verdad se relacionan entre sí de manera elíptica. No hay un inconsciente al que se deba acceder como centro de nuestra verdad, hay una relación dinámica entre saber y verdad que fluctúa y se manifiesta en nuestra forma de vivir, de pensar y sentir. Si bien el psicoanálisis no es ciencia en el sentido moderno, no implica que su metodología no sea consistente ni que no produzca efectos de bienestar y verdad, que creo que es lo que, en última instancia, todos buscamos.
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Este texto forma parte de un archivo personal de reflexiones sobre clínica, deseo y subjetividad. Puedes seguirme en Instagram: @registrosimbolico
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