El humano tiene una existencia doble. Por un lado, es fin en sí mismo. Es decir, sus movimientos se adoptan a un recorrido que garantiza su propia autosatisfacción y autopreservación. Por otro lado, es un eslabón más en la cadena de la vida humana y su continuidad.
Estamos atravesados por una energía erótica que nos empuja tanto hacia la vida como hacia su punto de culminación en la muerte. Pensar a una por encima de otra es abrir la paradoja del huevo y la gallina. Aún así, a diferencia de otros seres vivos sin conciencia, no solo nos vemos atravesados por cuestiones biológicas sino también organizamos toda esta vivencia a través de significantes y palabras que podamos entender colectivamente. Estamos constituidos por el lenguaje y pensar por fuera de esa exigencia de coherencia resulta imposible.
Así como el lenguaje nos da la herramienta para formar algo juntos y mejorar las condiciones de vida para nuestra especie, también distorsiona aquellos rumbos naturales de la vida. De ese modo, la libido, puesta en sí mismo y/o en los demás, no se reduce a lo biológico, está siempre en relación con los límites del lenguaje, lo que marca también su propia im(potencia).
Aunque a lo mejor, la engendración emerge de una disposición biológica, resulta insensato desligarla de su cualificación puesto que su entrada al lenguaje, o disposición significante, condice su acepción para el sujeto. Ya no tiene un fin único, sino que varía de significado para el sujeto. Entonces, lo biológico está siempre ya torcido por el lenguaje, y lo sexual humano nunca coincide con la función de engendrar.
En todo caso, podríamos pensar en la capacidad humana de compartir su libido entre su yo y el exterior. Freud hace la metáfora de la ameba con sus seudópodos, comparándola con el yo y la investidura de objeto. Con ello pretende explicar que, así como el yo puede investir lo externo, también puede retraer esa energía y depositarla en sí mismo. A más investidura del yo, menos de los otros y visceversa.
En Introducción al Narcisismo, Freud señala la dificultad de separar las pulsiones sexuales de las yoicas. Hacer esta formulación es útil en términos prácticos pero la separación yo-otros es en sí misma problemática.
Tomando a Lacan, el yo (moi) pertenece al registro imaginario y nunca coincide con el sujeto del inconsciente, el sujeto está dividido. Dicho de otro modo, lo que se sobre-inviste no es un "yo" sustancial, sino la imagen especular que organiza su consistencia. En ese sentido, la investidura dirigida a los demás no se sostiene tanto en que confirmen la narrativa que uno tiene de sí, sino que encarnan el significante del Otro simbólico que estructura esa imagen.
De ese modo, la libido depositada en otros tiene una función doble: se orienta hacia otro y a su vez sostener la ficción imaginaria de sí mismo que ese otro encarna.
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